El destino de los jóvenes venezolanos

¿Qué oportunidades, opciones y porvenir tienen los jóvenes venezolanos? En el Día de la Juventud y después de 18 años del gobiernos chavistas, Runrun.es describe los tres destinos visibles que tiene este sector de la población que constituye el futuro del país: los jóvenes.

Los que se quedan

Existe un tipo de jóvenes cuyo futuro, a pesar de la inseguridad, la crisis económica y la incertidumbre política, lo continúan viendo en Venezuela. Son jóvenes que estudian y trabajan en un contexto que jamás imaginaron vivir, uno que coarta sus posibilidades e incluso pone en peligro sus vidas.

Un país en el que muchos de ellos deben sobrevivir hasta conseguir los medios para emigrar, o hasta que acaben las pesadillas en la tierra en que sus padres cumplieron sus sueños.

Daniel Salazar es uno de ellos. Un estudiante de ingeniería de 23 años a la espera del título universitario que le podrá dar un mejor nivel de vida en otra nación, donde espera hacer una vida sin el peligro constante de entrar a las lista de víctimas del hampa. “Uno de los mayores problemas que afecta a todos es la inseguridad. Todos nos vemos afectados y corremos el riesgo de que nos pase algo en cualquier momento, como al salir a tomar el bus para ir a clases”.

Mientras tanto, Daniel debe trabajar en sus tiempos libres para pagar sus gastos universitarios. Junto a su hermana, emprendió un negocio de comida a domicilio que le permite estudiar en dos universidades, una pública con interminables problemas y paros como protestas, y una privada de la que espera graduarse pronto. Sin embargo, el doble esfuerzo no se le hace fácil, y a pesar de que gana dinero por su cuenta, está consciente de que no podrá independizarse económicamente en esta Venezuela. “Uno se ve afectado por la inflación todos los días cuando vas a sacar copias, comprar guías o cuando te da hambre y debes gastar una cantidad considerable de dinero en solo un desayuno, y a veces puede que no tengas suficiente”.

Por lo mismo, su vida social se ha relegado a pasar los fines de semana en su casa, y de vez en cuando en casa de sus amigos, acompañados de la botella más económica que puedan comprar.

Las cenas en restaurantes, las noches en discotecas, los viajes de fines de semana, que representan un gasto económico que un sueldo mínimo no permite, han quedado en un lejano pasado, en otra Venezuela, que para él a veces es mejor no recordar.

Por otro lado están los jóvenes como José. Él dejó su carrera para empezar a trabajar en la empresa familiar hace tres años, cuando el prospecto de aprender el oficio, ayudar a sus padres y ganar dinero lucía más atractivo que esperar a que el gobierno resolviera los problemas de las universidades, que estaban en paros intermitentes.

Hoy José puede vivir cómodo con lo que gana. Frecuentemente se permite lujos que no todos sus amigos pueden –viajes al extranjero, ropa de marca, uno de los últimos Iphones– aunque considera que debe trabajar mucho más duro que la mayoría de ellos. De igual forma, José acepta su vida como es, con la suerte que le ha garantizado un buen trabajo, pero con la certeza de que su tierra natal no tiene esa dicha, y de que es una cuestión de tiempo para que los problemas del país lo alcancen él también.

La libertad económica que José goza resulta bastante codiciada en la calle. Comenta que debe elegir la ropa que se pondrá de acuerdo a donde vaya a ir, ya que usar ropa de marca puede marcarlo como un objetivo. “Para ir al trabajo, que queda cerca de una zona popular no muy segura, no puedo usar un buen reloj, y en ocasiones debo dejar mi celular en la casa, para no arriesgarme a que me roben, o algo peor”. Aunque su día a día no se ve limitado por los problemas que afectan a la gente de su edad –la inflación, la escasez o la incertidumbre política– el temor a la inseguridad lo persigue igual que a los demás venezolanos.

Y de noche, todo se complica. En el camino entre su casa y el lugar en que sus amigos lo esperan puede depararle incontables peligros, por lo que José debe tomar todas las previsiones necesarias para evitarlos. La paranoia vive consigo, y el miedo a ser robado o secuestrado lo mantiene en casa muchos fines de semana. Aún así, él espera que algún día todo esto cambie, y esa esperanza lo mantiene en Venezuela.

Yhoger Contreras solía ser uno de esos venezolanos que ponía buena cara al mal tiempo. Ya no más. “En mi mente todavía está apostar por el país, pero llega un punto en que estás tan atado de manos que no hay manera de surgir”. Ahora es uno más de esos jóvenes que sueña con el día en que pise otra tierra, el día en que sus derechos sean respetados y pueda hacer todo lo que aquí no puede.

“Muchas personas nos hemos cansado de luchar, de dar la guerra desde nuestra trinchera sin ver resultados”, dice Yhoger con trazos de desesperanza en su voz. Lamenta que, a pesar de que tiene toda la vida por delante y está a meses de ser un profesional de la comunicación, sus oportunidades laborales son limitadas, y las pocas que puede conseguir no satisfarán las necesidades básicas que necesita cubrir. Su idea de ser un periodista y trabajar por el país se ha difuminado, y en su lugar la búsqueda de una vida segura ha tomado su lugar.

A sus 23 años, Yhoger no ha podido comprar carros, terrenos y casas como sus padres a su edad ya lo habían hecho. Su papá a los 19 años pudo comprar dos terrenos que más tarde le permitieron adquirir su primer carro, explica él, resaltando la facilidad con que su padre lo logró y lo imposible que ello resulta en la actualidad. “Ya por los menos mis padres vivieron y tuvieron su etapa, y ahora viene la nuestra. Es bastante difícil aceptar que nuestro futuro está truncado por un sistema político”.

Sus padres le cuentan como de jóvenes solían salir con unos pocos billetes que les alcanzaban para comer, disfrutar y comprar toda la ropa y cosas que se les antojaran, sin que el gasto hiciera mella en sus bolsillos, “cosa que yo no puedo hacer”, añade resignado. Sin embargo, si él hubiese vivido en la Venezuela de sus padres, no cree que habría gastado el dinero en eso. “A mi me hubiese gustado tener dinero para poder viajar, pero no lo he podido hacer”.

El consejo que da a sus amigos, y el que espera seguir pronto, es emigrar. “No me he ido no porqué no quiera, porque las ganas están, sino porque no hay economía, porque no tengo sustento y es difícil irse como aventurero”. Es por eso que sus resoluciones del 2017 ya no se enfocan en ayudar a salvar a Venezuela desde el periodismo. Ahora, él se puso a sí mismo primero. “Ese es mi plan de este año, ahorrar y buscar dinero, terminar mis estudios y poder emigrar”.

Diferentes a la mayoría de jóvenes venezolanos, unos pocos están obligados a permanecer en Venezuela, exactamente tras las barras de una prisión, por haber continuado creyendo en el futuro que muchos han olvidado, o se han resignado a perder. Al menos 27 jóvenes se encuentran privados de libertad por causas políticas, denunció otra joven, Ana Karina García, quien funge como activista del Comité de Liberación de Voluntad Popular. Según ella, estos 27 muchachos están hoy, 12 de febrero –día de la juventud–, encarcelados por haber defendido los mismos ideales, la libertad y la independencia, que los jóvenes de 1814 defendieron un día como este.

Los que están por irse y los que se fueron

Orlando Zamora es un periodista de 27 años, todavía no ha tomado el vuelo en Maiquetía que lo lleve fuera de Venezuela, pero está en proceso. Orlando como miles de jóvenes nacidos en la tierra de Bolívar planea salir casi corriendo de la tragedia de país que se ha convertido su terruño. Al igual que sus contemporáneos siente que el oxigeno se le está acabando, que esa compuerta llamada libertad y calidad de vida se cierra poco a poco, como a Indiana Jones cuando escapa del Templo de La Perdición no quiere que la roca gigante rodante lo golpee o que el muro de concreto caiga y no le de tiempo de recoger su sombrero.

A Orlando le ha tocado lo mismo que a miles en el pasado reciente, correr de aquí para allá de Registro a un Ministerio en busca de un expediente, volver al lugar donde estudió para solicitar notas certificadas y pensum académico, llevarlos a que los legalicen y luego apostillen, todo un proceso largo y burocrático que ha pasado a ser parte de la cotidianidad de la juventud venezolana.

Lo normal por estos días es ver a personas regularmente menores de 30 años con títulos, pergaminos y carpetas deambulando por las oficinas del Ministerio de Educación Superior y del de Relaciones Exteriores en el centro de Caracas. Las colas largas no solo se hacen frente a mercados, farmacias y panaderías, también a las puertas de instituciones del Estado. La pregunta que ronda en el ambiente es: ¿Para donde te vas? La incertidumbre está a la orden del día, pero también la convicción de que se está haciendo lo correcto. El “aquí no hay futuro” ya es el lema de esta generación castigada con 18 años de chavismo. “Tengo pensado irme a Argentina como la mayoría de los que emigran ahorita me atrevería a decir”, dijo Orlando. “La razón es bastante lógica, es el país cuyos tramites son más fáciles. Debido a que Venezuela pertenece al Mercosur, puedes viajar sin pasaporte para allá”, agregó.

“Comencé a arreglar mis papeles en noviembre del año pasado, en diciembre los introduje en el GTU, pero me perdieron el pensum y el programa de estudio, el oficial con quien traté no sé hizo responsable y me dijo que los sacara de nuevo”. A Orlando este percance, posiblemente habitual en las instituciones gubernamentales locales no le paralizó en su afán de irse. La cólera del principio se transformó en una fuerza abrumadora, esa que se desprende del comentario mundano. “Por estas vainas es que me debo ir”.

“Así que nuevamente los saque en enero y debo esperar por ellos. Conseguí cita para apostillar relativamente fácil para finales de marzo”.

Dichas citas se han convertido en una especie de migraña para muchos, debido a la cantidad de solicitudes, la insuficiente modalidad de atención ministerial, los días feriados que cada año inventa el gobierno y hasta el ahorro energético, el tiempo entre solicitarlas y asistir al ente puede ser de meses, cuestión que ha hecho frotar las manos de los nuevos ejecutivos públicos: los gestores.

“Son muchos los problemas burocráticos, para lograr salir legal debes tener puestas las pilas”, recomendó Orlando.

Orlando nunca ha ido a Argentina, pero su hermano está allá desde hace un año, lo que podría facilitarle la adaptación. La motivación de este joven para dar un paso tan importante en su vida no es diferente a la del resto. “Solo busco calidad de vida, en Venezuela es cuesta arriba ahorrar dinero, mucho menos independizarte”, arrojó. “En un punto como la profesión te sientes estancado porque no puedes seguir creciendo y la inseguridad es una preocupación diaria”.

Asegura que regresar a Venezuela en un futuro, cuando el río vuelva a su cauce (si es que eso sucede) no es un planteamiento vago y retórico. “Claro, nunca he descartado esa opción”.

Jorge siempre tuvo la vena de inmigrante en su cuerpo, pero la llegada de Nicolás Maduro al poder aceleró su deseo de salir de Venezuela.

Graduado hace un año de abogado en la Universidad Católica del Táchira, el oriundo de San Cristóbal vive desde hace ocho meses en Buenos Aires, representa la nueva generación de venezolanos autoexiliados, su misión de vida hoy en día es procurarse un futuro óptimo, objetivo que en su tierra natal es prácticamente imposible de conseguir.

“Desde más pequeño siempre quise salir del país, irme de intercambio o algo así, pero siempre lo vi como una manera de conocer y poder formarme por fuera. Ya en los últimos tres años de la universidad fue que confirmé que la única manera de poder crecer profesional y personalmente era saliendo del país”, dijo desde Argentina.

A Jorge le tenía perturbado desde hace rato el hecho de no poder adquirir un carro y mucho menos una vivienda, pero más que eso la imposibilidad de avanzar en su profesión.

“Es imposible pensar en que ejerciendo normalmente una carrera y sin trampas o vueltas pueda llegarse a tener comodidades normales como en cualquier lado del mundo. No caer en la maquinaria de la corrupción es imposible ya en el país, y así no puede hacerse un profesional íntegro”.

Jorge sabía que no iba a ser fácil la adaptación, entiende que en otra latitud no te están esperando con los brazos abiertos con una oferta laboral. Pero ante eso y la realidad de hacer cola para comprar comida, no conseguir medicamentos y ser presionado para sacar el Carnet de la Patria, prefirió montarse en un avión. Una decisión que han tomado miles de jóvenes venezolanos desde que el chavismo se instaló en Miraflores.

“A mi me ha ido bien. No trabajo en mi área pero tengo un buen empleo y un buen lugar para vivir. Al principio si cuesta un poco, estar nuevo y no conocer absolutamente nada ni a nadie, pero ya luego uno se va amoldando a la situación y puede conseguir buenos resultados. Lo más seguro es que no sean inmediatos, pero a la larga los proyectos se construyen con paciencia”.

A Jorge le costó llevar a cabo todos los trámites burocráticos para obtener un permiso laboral en el extranjero, desde ingresar a páginas webs con amplio tráfico en la madrugada hasta hacer una cola kilométrica en el Ministerio de Relaciones Exteriores, pero lo más duro fue decir adiós en Maiquetía.

“Lo más difícil es despedirse de la familia, los amigos y la casa, pero eso es parte del proceso de crecer. El tema papeles se complicó, la página del Ministerio nunca cargaba para solicitar los antecedentes”, confesó.

Si bien los padres asumen regularmente la partida de sus hijos con tristeza, Jorge advierte que la situación país de alguna manera preparó a los suyos para el desenlace de hoy en día.

“En mi familia lo aceptaron muy bien realmente, ya varios primos se habían ido del país desde hace tiempo, primero a España y otros a Estados Unidos luego, así que ya en la casa sabían que era un paso necesario. Siempre estoy en contacto con ellos por WhatsApp y Skype, que es lo que deben hacer como al 80% de las familias venezolanas ahora”.

Jorge no ha tenido experiencias xenofóbicas en Argentina y tampoco cree que se presenten. “De rechazo nada. Este es un país de inmigrantes, mucha gente sabe que sus abuelos vinieron de otro lugar a establecerse acá, y la aceptación cultural es buena”. Dice que la mayoría siente curiosidad por conocer el fenómeno venezolano y algunos creen que lo informado en los medios de comunicación es una exageración.

“¿Está tan jodida Venezuela como dicen las noticias?, me preguntan en la calle. Trato siempre de responder eso con la mayor paciencia”.

Contrario a lo que podría pensar la mayoría de la gente acerca de un joven acabado de partir de un país con un futuro incierto, Jorge no solo aspira regresar para una eventual reconstrucción de la República, sino que desea iniciar esa recuperación desde ya. “El país no se va a arreglar cuando cambie el gobierno y la estructura que dejó. Mi idea no es regresar cuando todo mejore, sino ser parte del grupo de gente que quiere reconstruir al país desde mi área, poder representar a Venezuela mucho mejor que este gobierno, el cual realmente deja una mala imagen”.

Los que se lleva la violencia

Además de los jóvenes que siguen en el país con la esperanza de forjar un futuro aquí, y de los que tiraron la toalla para tomar un avión que los sacara de la pesadilla revolucionaria, queda un grupo de venezolanos menores de 25 años de edad que, por decisión o por accidente, corren el riesgo de tener el peor de los destinos que puede ofrecer el país más violento del mundo: la muerte o la delincuencia.

Este grupo está expuesto cada 18 minutos a entrar en la nefasta estadística que lo puede convertir en uno de los 78 venezolanos que son asesinados cada día en el territorio gobernado por Nicolás Maduro. “La gran mayoría de las víctimas de la violencia en Venezuela son jóvenes. De las 28.479 muertes violentas del año 2016, nuestras estimaciones indican que 21.643 personas tenían menos de 35 años de edad, es decir, un 76% del total de fallecidos. En el año 2016  fallecieron 9.967 jóvenes menores de 21 años,  como resultado de la violencia. Fueron 27 fallecidos cada día del año. De ellos, 854 tenían menos de 15 años”, dice un informe realizado por el Observatorio Venezolano de Violencia.

Según está organización, 40% de las víctimas de muertes violentes en 2016 (homicidios, resistencia a la autoridad y averiguación muerte) tenían menos de 19 años de edad. Algunas de estas víctimas forman parte de ese grupo que, por deseo o necesidad, permanece en el país trabajando, estudiando y abogando por un cambio.

Profesionales, estudiantes, prospectos del deporte, artistas han caído a manos de la delincuencia. Ya no están y todo lo que podían ofrecer a sus familias y al país -en la etapa más productiva de sus vidas- se lo llevó la violencia.

En su análisis el OVV agrega que: “Los jóvenes, además de ser el sector más vulnerable a ser víctima de la violencia, también son los más propensos a delinquir y convertirse en potenciales victimarios. Según nuestros registros de monitoreo de prensa, un 72% de los victimarios tiene menos de 35 años, y casi la mitad de este grupo posee entre 20 y 24 años, representando el 32%”.

Hay un sector de jóvenes que eligen la vía de la violencia, estimulados por la idealización de la figura del “pran”, y ven el camino de criminalidad como un alternativa de ascenso social. Pero también influyen otros factores. “Las dos grandes fuentes de integración de la juventud a la sociedad: la educación y el trabajo, se han visto debilitadas como mecanismos de esperanza en el futuro. Una parte importante de la juventud abandona el sistema escolar entre los 11 y los 15 años de edad, 2 de cada 5 jóvenes no asisten regularmente a un centro de educación”, explica el documento del OVV.

La edad de incorporación de los niños venezolanos al mundo delictivo se ubica entre los 12 y 14 años de edad. A los 19 años muchos ya han pisado una cárcel y a los 25 años suman una lista de prisiones entre sus últimos sitios de residencia, además ya se han convertido “en una máquina de matar”, según refiere el padre Alejandro Moreno en un reportaje publicado por el diario El Tiempo de Anzoátegui, en 2014.

Adicionalmente los que se encuentran en libertad, luego de haber cumplido una condena, ya han contraído nuevas deudas con la justicia: siguen presos en sus barrios, sin mucho que perder, porque están “solicitados” por algún delito. Saben, además, que su futuro es corto.

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