Eso de soberanía, no existe, es una superchería.

Gorbachov ante la caída del muro de Berlín abrió el país a la demo- cracia. A la Unión Soviética no la derrotó el enemigo extranjero creado por su propaganda sino el hambre de su pueblo.

Mientras el país clama auxilio, el gobierno de Venezuela reclama el respeto a su soberanía.  Es el expediente al que Galtieri en Argentina, Allende en Chile o Mugabe en Zimbawe, habían acudido. Cuando hay dificultades, los populistas buscan unir fuerzas contra un enemigo extranjero, a quien responsabilizan de los problemas internos del país. 

Ignorar la violación de derechos civiles, escondiéndose  detrás de los casticismos obsoletos como la soberanía y el Estado Nación en un mundo globalizado, donde los dolores no son ya nacionales, sino colectivos, es por lo menos, inmoral.

Precisamente para cubrirse de los abusos de los gobernantes enfaldados en el Estado, la humanidad ideó el Estatuto de Roma o la Corte Penal, instrumentos para proteger a los pueblos de los abusos de quienes obtienen una legitimidad en elecciones, pero luego vuelven su poder contra los ciudadanos. Ningún Estado tiene tanta legitimidad como para que se le deje actuar sin parámetros contra la vida y propiedad de los ciudadanos.

Las ideas más obtusas hoy día son aquellas que defienden  los grupos restringidos, los límites de la aldea, de la región, del Estado o del continente.

Los nacionalistas chovinistas que sostienen que entre los intereses de los distintos pueblos existen conflictos insuperables y aspiran a una política de supremacía de la propia nación sobre los demás, aunque ello pudiera comportar el uso inevitable de la violencia, son los mismos que enfatizan al máximo la necesidad y la utilidad de la cohesión dentro de los distintos pueblos y estados.

Bajo el argumento de la soberanía ningún gobernante puede ir contra el derecho de los ciudadanos a su interacción con el mundo. Mucho  menos puede conculcar en sus fronteras los derechos civiles, ignorando por la fuerza la protección global a los derechos humanos.

Las fronteras no pueden ser impuestas a los ciudadanos por los gobiernos. Y digo más: Cuando los individuos se percatan de que las fronteras nacionales que se han configurado  a lo largo de la historia no corresponden ya a la voluntad política de los ciudadanos, esa frontera debe ser pacíficamente  modificada según los resultados de plebiscitos que expresan la voluntad de los ciudadanos.

Siendo así, el derecho a la soberanía y la autodeterminación, no pertenece a los gobernantes sino a los ciudadanos. Y el derecho a la autodeterminación no significa que un gobernante  puede hacer lo que le venga en gana con su pueblo, lo que realmente significa es  que si los ciudadanos de un territorio –ya se trate de una única aldea, de una región o regiones- han expresado claramente a través de votaciones libres su voluntad de no seguir en la formación estatal a la que actualmente pertenecen y de construir un nuevo Estado autónomo, o la aspiración a pertenecer a otro Estado, hay que tenerlo en cuenta.

Se malentiende este derecho de autodeterminación cuando se define como ‹‹derecho de autodeterminación de las naciones›› ya que no se trata del derecho de autodeterminación de unos tipos al mando del Estado, sino de la decisión que los habitantes de ciertos territorios deben tener sobre la organización estatal de su país.

Los nacionalismos populistas son una excusa para que nadie critique sus crímenes contra poblaciones civiles desarmadas.

‹‹Déjennos arreglar nuestros problemas›› o ‹‹respeten nuestra soberanía››, dicen a grito herido nuestros gendarmes y guerreros del micrófono. Pero en realidad, soberanía y autodeterminación, no pueden ser la excusa para permitir que los déspotas esclavicen pueblos.

Cuando el gran Papa Juan Pablo II, viajó por primera vez a Cuba, un hábil periodista le hizo una pregunta incómoda: ‹‹Santidad, usted va a Cuba, una dictadura comunista, supongo debe ser muy prudente, pues el régimen de Fidel Castro puede sentirse incómodo con usted›› le dijo el periodista. La respuesta del Papa fue demoledora: ‹‹Yo pienso que el Papa quiere escuchar la verdad de Fidel, su verdad como hombre, su verdad como presidente, su verdad como ¿Comandante de la revolución? ¿Se dice?… Y pienso también que si Fidel ha invitado al Papa después de visitarlo en Roma, sabe cómo piensa el Papa, y qué cosas puede decir el Papa››.

Horas más tarde en la Plaza de la Revolución de La Habana en las narices de Castro, Juan Pablo II gritó: ‹‹Os dijo que Cuba debe abrirse al mundo, y el mundo debe abrirse a Cuba››. El sitio estalló en aplausos, Fidel permaneció inmutable.

Los muros, las persianas, los candados, son retrasos para un país moderno. En los Estados Unidos, donde el interés nacional se antepone a cualquier prejuicio, las universidades están repletas de extranjeros. La carrera espacial se le con ó a Von Braun que no era americano. El Departamento de Estado se le entregó a Kissinger, que ni siquiera pro- nunciaba bien el inglés porque era alemán. Einstein fue llevado a Prin- ceton y era alemán. A nadie se le ocurrió, basándose en nacionalismos arcaicos, preguntar por qué EEUU trae a esta gente y no a americanos puros. El mundo se nos convirtió en una aldea global.

Los populistas necesitan muros con enemigos, necesitan fronteras con guerras. Ellos no están ocupados en la prosperidad de la gente, sino en el mantenimiento del poder autoritario que ejercen.

La libre cooperación entre hombres de toda raza, lengua y nación, fue lo que sacó al mundo del atraso y del yugo de los déspotas. Cualquier sociedad debe oponerse al empeño de convertir sus naciones en aldeas, cuya llave de entrada y salida la tiene el politico que por turno detenta el poder.

¿Qué soberanía puede tener un gobierno que arrebata a un pueblo su propio pan y los hambrea? ¿Qué soberanía puede haber en un gobierno que pone a los próceres de su independencia, en billetes que la in ación destina a competir con los colectores de basura? ¿Qué soberanía puede haber en un gobierno que la única guerra que libra es contra sus ciudadanos?

La soberanía que en realidad reclaman los regímenes totalitarios es un salvoconducto para cometer crímenes contra la población civil, ante el silencio cómplice de los vecinos.

Mientras el Gobierno  asfixia  Venezuela, reclama al mundo respeto a su soberanía. Su intención, claro está, es  silenciar las denuncias de violaciones a los derechos humanos.

La soberanía que exige es la cortina para ocultar los montajes judiciales contra la disidencia. Los ciudadanos son así  zombis golpeados por la justicia, convertida en un brazo político del régimen contra los venezolanos que no están de acuerdo con un régimen ya demasiado expuesto ante el mundo como un nada encubierto, sistema del terror.

Aferrados al gobierno, al poder y a la fuerza bruta se niegan a salir de sus cargos, temerosos de enfrentar en el futuro la justicia global que hoy no tiene fronteras, por más ocupados que estén los gobiernos en esconderse en sus fronteras.

El hombre es libre y el Estado opresor. Por tanto un régimen totalitario, en cualquier lugar, en cualquier época, sea en la Rusia Soviética, en la Alemania Nazi  o bien en la Venezuela chavista, se esconde bajo el pretexto de la autodeterminación y la soberanía, porque un régimen totalitario  aplasta a los ciudadanos, extingue su libertad, y crea una atmósfera asfixiante por su hermetismo.

 

Fuente: Via Nota de Prensa.

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