La carta de intención china o de la vocación comunista a la tentación neoliberal por Enrique Ocha Antich

Nunca diría, como con característica elementalidad dice cierta derecha extrema, que el régimen político-económico que hemos vivido los venezolanos durante estos 20 años sea ni siquiera algo parecido al comunismo (cuando digo comunismo me refiero no a lo que los textos clásicos dicen a su respecto, sino al fenómeno histórico concreto que fueron  las sociedades dirigidas por los partidos comunistas de diverso tono y pelaje). Yo, que visité varias sociedades comunistas de la Europa oriental y a Cuba, y también a la China de los ´90 que recién avanzaba en su deslinde con ese modelo, y que algo estudié acerca del tema (leyendo a Marx, Lenin, Stalin y Mao), suelo preguntarme si quienes así lo afirman sabrán de qué hablan. ¿Puede compararse a sociedades con partido único, sin oposición política, sin medios de comunicación privados, con Estados dueños de todos los medios de producción, etc., con este régimen autoritario-estatista nuestro, con propensión dictatorial y totalitaria sí, pero con una fuente de legitimidad electoral y democrática? ¿Puede decirse que sea comunista un régimen que tolera partidos de oposición (aunque acosados), elecciones universales y directas (más allá de sus triquiñuelas y abusos), medios de comunicación privados y libertad de expresión (aunque restringidos), manifestaciones públicas (aunque limitadas y reprimidas), organizaciones sindicales y gremiales independientes (aunque mediatizadas), etc.? Creo que no. Al menos no todavía.

 

Sin embargo, lo que no puede desconocerse es que los jerarcas del chavismo-madurismo tuvieron y no sé si aún tienen al comunismo revoloteándoles en el cerebro: aquello que escribió Juan Marsé acerca de esta especie que arrastra su adolescencia mítica hasta los 40 años. Por 20 años, este país ha pagado el inmenso costo de ser el laboratorio de ensayo de una izquierda criolla trasnochada y desfasada, que nunca pudo entender lo que el proyecto del MAS e incluso el de la Causa R fueron, ni lo que en el mundo representó el eurocomunismo o la socialdemocracia y los socialismos europeos, y se dedicó a pretender imponerle a Venezuela, pertrechada de un caudillo carismático y de un barril de petróleo a $ 100, una visión de la política y de la economía más que superada por la historia, en una permanente tensión/contradicción entre su vocación comunista y totalitaria y su fuente de legitimidad de origen electoral y democrática (el proceso de cambio democrático animado por el MAS y la Causa R durante los años 80 y 90 del cual esa izquierda fue beneficiaria). Su adoración al tótem de Fidel y su creencia, más que creencia, su juego infantil a satisfacer el deseo juvenil reprimido de representar en el siglo XXI lo que la revolución cubana fue ¡en 1960!, es prueba de lo que afirmamos y en buena medida es lo que ha convertido a la nación en esta catástrofe que hoy es.

Identificar régimen autoritario con comunismo es igual a equiparar medidas de liberalización de la economía con neo-liberalismo. Como sabemos, este último se basa en dogmas de inquebrantable aplicación que pretendiendo imponer a la realidad operaciones teóricas que son irrebatibles sólo en el papel, al final ocasionan tales sacrificios sociales que suelen hacer inviables, política y socialmente inviables, sus reformas. En cambio, razonables medidas de liberalización de la economía pueden ser aplicadas por actores políticos de diversa naturaleza, dándose el caso de movimientos socialistas (Europa está llena de ejemplos) que, preservando el peso regulador y social del Estado (lo que da origen a los llamados Estados de bienestar), aplican reformas económicas que pueden llamarse liberales por respetar las leyes de la economía de mercado y comprender que sólo la iniciativa privada puede hacer que las naciones produzcan la riqueza suficiente como para desarrollar impetuosamente sus fuerzas productivas y así, desde la abundancia y no desde la escasez, transformar y ampliar sus relaciones de producción.

 

Quienes, por lo que se ve, están transitando, creo que de la mano de los chinos, la senda de alejarse de su vocación comunista (al menos en lo económico, no sé si en lo político) acercándose a convicciones cercanas a la economía social de mercado, deben evitar dejarse tentar por los espejismos neoliberales. No soy ni de quienes desean que las medidas de reforma económica anunciadas por el Ejecutivo fracasen (bajo el esquema, absurdo a mi juicio, según el cual mientras peor estén las cosas, mejor, porque así se aproxima más el desmoronamiento del régimen, como si la relación entre catástrofe económica y cambio político fuese directamente proporcional) ni de quienes creen de antemano que fracasarán. Veamos.

Casi todas las medidas, es verdad que imperfectamente y con una retórica dizque revolucionaria que lo complica todo, fueron demandadas por la oposición política durante años. Pero hay una oposición previsible, aquélla que ya sabemos que se opondrá a cualquier propuesta del gobierno incluso antes de que sea formulada. La oposición demandó (la Concertación por el Cambio en dos sendos documentos que entregó al gobierno, por ejemplo): levantar el control cambiario, unificar el tipo de cambio, despenalizar la tenencia y el uso de divisas en el mercado nacional, reducir el déficit fiscal, incrementar el precio de los combustibles y de las tarifas de muchos servicios públicos, aplicar subsidios directos en vez de indirectos, todas medidas que, al menos en teoría, se encuentran presentes en el plan anunciado. También ha solicitado la reprivatización de las empresas absurdamente estatizadas, comenzando por las de producción y comercialización de alimentos, y el aseguramiento jurídico de la inversión privada nacional e internacional, además de la urgente necesidad de incrementar la producción petrolera, para lo que se requiere una apertura de PDVSA a la inversión privada nacional e internacional (lo que puede hacerse sin arriesgar nuestra soberanía si se echa mano de la figura de la acción dorada, como propusimos y logramos desde el MAS en tiempos de la internacionalización petrolera y postuló recientemente el programa de gobierno del candidato presidencial Henri Falcón). Ninguna de estas últimas medidas se ven hasta ahora por ninguna parte, y ello puede ser grave a la hora de rescatar la confianza ha largo tiempo perdida que es el oxígeno psicológico esencial de cualquier plan de ajustes que quiera ser exitoso.

 

Creo, no obstante, que estas medidas no deben ser evaluadas sólo desde la perspectiva de la visión de la oposición democrática, es decir, una que está basada en la idea de ocasionar un crecimiento económico sostenido que conduzca al desarrollo de la nación. Estas medidas deben ser evaluadas desde lo que parece ser el objetivo primordial del gobierno: salir de este atolladero hiperinflacionario al que fue empujado por su propia torpeza y rigidez ideológica de dos décadas. Desde este punto de vista, no anticipo el fracaso de estas medidas: seguramente, sin los consensos y el cambio político que se requiere, medidas de este tenor no conducirán para nada al país al progreso con justicia social que todos deseamos; seguramente, no consigan crear un desenvolvimiento tal de nuestra economía que logre, como es deseable y posible, un crecimiento con inflación de no más de un dígito; seguramente, no venzan la inflación, pero la hiperinflación creo que puede ser abatida por ellas.

 

A mi modo de ver, una oposición proactiva y constructiva no puede, no debe rechazar planamente y sin perspectiva estas medidas. Sí debe señalar que a este altísimo sacrificio social hemos llegado debido a la terquedad con que una y otra vez fueron retardadas. Por momentos creo que esta demora fue planeada a conciencia: como si los jerarcas maduristas hubiesen decidido primero fracturar y derrotar a la oposición política hasta que dejara de ser una amenaza, y desmoralizar al país hasta que la protesta social dejara de ser un peligro, para imponer este rudo plan de ajustes. Lo que debe ser denunciado con mucha fuerza: se sacrificó la vida y el bienestar de millones y millones de venezolanos en el altar de su ambición de perpetuarse en el poder. Todo esto es verdad, pero eso no significa que si ahora, asesorado por los chinos (los “asesores internacionales” de que habló Maduro en su alocución), el gobierno decide llevar adelante algunas de las medidas que se le han pedido por años, debamos oponernos a ellas porque no somos nosotros quienes las implementamos. Como creo que pueden tener éxito en lo que a abatir la hiperinflación se refiere, que es el principal mal nacional, prefiero asumir, guardando las distancias que son muchas, la actitud del “Vamos a ver” que adoptó el MAS en 1974 cuando CAP I implementó su programa de la llamada Gran Venezuela. Más bien reivindiquemos que -con criminal retardo, sí, es verdad- el gobierno escuchó a la oposición. Veamos ahora cómo implementa las medidas, fiscalicémoslas, juzguemos severamente su ejecución, pero no las rechacemos sin ton ni son.

 

Algo, entre todo, debe exigírsele al gobierno: claridad y transparencia. Es evidente que, visto el cierre de los organismos multilaterales occidentales y su decisión de no acudir jamás al FMI, el gobierno se ha orillado a los chinos: China es, a todos los efectos, su FMI. Y tiene dinero suficiente como para asegurarle al país los $ 50.000 o 100.000 millones frescos que se requieren. ¿A cambio de qué? De esta carta de intención china que son estas medidas y… quién sabe al costo de qué más. ¿Participación privada china en el negocio petrolero y minero venezolano? Puede ser. No soy de quienes pegarían el grito al cielo si así fuese, pero es hora de que el gobierno hable. La opacidad no es buena consejera en estos menesteres.

eochoa_antich