Retos de la dictadura. Ramón Guillermo Aveledo.

 

La política existe para la procura del bien común. Ésa es su razón de ser. Y éste exige el desarrollo, definido por el recién canonizado Pablo VI como “El nuevo nombre de la paz” en Populorum Progressio. Lebret, ideólogo fundamental en aquella encíclica, lo resumía como proceso de un nivel de vida menos humano a uno más humano. Esto es, más libertad, bienestar material, mejor convivencia y mayor participación.
El reto de retos de la política sería entonces vencer la pobreza, lo cual demanda prosperidad económica. ¿De la política o de la economía? Pues de ambas, pero si la política no hace su parte, la economía nunca podrá organizarse para atender las necesidades sociales, como una verdadera economía de mercado en la cual el Estado actúa subsidiaria y solidariamente, para lograr un crecimiento sostenido y ecológicamente sostenible.
Otro reto es el de las desigualdades. Así, en plural. Porque no son sólo las de índole socio-económico. También hay desigualdades de origen educativo-cultural, desigualdades entre el campo y la ciudad; desigualdades de género, en punto a oportunidades, remuneraciones y violencia; desigualdades de origen étnico; y desigualdades entre los nacionales y los inmigrantes, un tema que antes nos era remoto, aunque existía aquí mismo, pero ahora, con la masiva emigración de venezolanos, lo sentimos como propio en la discriminación por ese motivo.
La economía sana y la igualdad justa, pilares de la cohesión social, exigen del funcionamiento adecuado de la democracia. Mire el mapa y verá que son democracias los países adonde los pobres de la tierra quieren migrar. Así que el reto sine qua non de la política es lograr la democracia. Como repetía Calvani, construirla allí donde no la hay y fortalecerla allí donde existe. Y en Venezuela la democracia ha dejado de existir. Tenemos que agarrarnos de los vestigios de ella que nos quedan, los rinconcitos de libertad y derechos que han podido sobrevivir a esta destrucción sañuda, sistemática, para luchar para recuperarla, renovarla, ponerla al servicio de todos los venezolanos.
Para eso, no nos pongamos a buscar a Dios por los rincones. Y mucho menos en el espejo. Para alcanzar la democracia tenemos que recuperar la unidad, perdida precisamente en los rincones de la confusión, las prioridades equivocadas y también los afanes de protagonismo. Nadie podrá solo o sola. La unidad es la base de la credibilidad nacional e internacional de cualquier alternativa de cambio en nuestro país.
Ésas son las bases para que la política venezolana recupere su promesa, su sentido de futuro. Así podremos acometer el reto más difícil de todos en un país amenazado por el derrotismo que empuja al sálvese quien pueda individualista. Nuestro peor enemigo es la desesperanza. Hay que atrevérsele al reto de la esperanza.