Convertirnos en malas personas. Lourdes Lancho.* Eldiario.es

 

 

Me avergüenza, sin excusa, la falta de respeto. Y últimamente el respeto cotiza a la baja en la vida pública, desde Estados Unidos hasta nuestro país, pasando por la flemática Gran Bretaña. Hablando de flemas. Ahora te escupen un “fascista” o un “golpista” y se quedan tan anchos, e incluso parece que se puede escupir literalmente, como dice el ministro Borrell, le ha hecho un diputado de Esquerra en el Congreso. Todo muy de patio de colegio. Con el agravante de que en el cole tienes toda la vida por delante para aprender a respetar.

El respeto me parece un mérito intelectual y moral, que no tan solo tiene que ver con las aulas. El respeto se inculcaba en las casas, esos valores que no se compran con dinero, y que te enseñan a ser buena persona. Y aquí quería llegar.

Gritarle a Ortega Lara en un mitin de Vox que vuelva al zulo, aludiendo a esa cruel experiencia de su secuestro por parte de ETA. Pintarle la casa a un juez, o alegrarse por la muerte de un fiscal general del Estado. O alegrarse de que haya personas, en una muy cuestionada, prisión preventiva… Todo eso te hace mala persona. Nada justifica perderse el respeto, y esa frontera se está traspasando cada vez con mayor frivolidad.

Las redes sociales han derribado la pared de la intimidad de unos comentarios, a veces bestias, que se hacen entre amigos y que jamás deberían trascender. Parece haberse perdido la moderación y el respeto hacia esa esfera pública y todo el mundo vomita su odio, esa maldad gratuita que corre cada vez que se lincha a alguien, o que se moviliza cierto rebaño, de uno u otro signo, contra el otro. A veces creo que la banalidad del mal de la que hablaba Hannah Arendt es ahora una frivolidad de clic, me gusta y retuit. Una maldad asequible y virtual, pero que está encendiendo fuegos que queman.  ¿De verdad se le desea a alguien volver a un zulo de ETA? ¿De verdad se alegra la gente de que unos bebés hayan nacido antes de tiempo? ¿En qué tipo de personas nos convierte? Y lo más aterrador ¿a qué futuro nos aboca esta forma de actuar?

Me salí de un grupo de whatsapp de gente muy cercana, a los que quiero mucho, porque se alegraron de la muerte del entonces fiscal general del Estado, José Manuel Maza. Mis padres me educaron para respetar a los otros y para ser buena persona. Es su herencia, y la considero muy valiosa. A pesar de no compartir ideas, de discutir, de que me den miedo, de rebelarme, de las injusticias…. Hay fronteras que no quiero cruzar. Como decía Almudena Grandes, en sus artículos de los peores años del aznarismo “me niego a que me conviertan en mala persona”. Pues eso, me apunto a este club. Es el único camino de decencia que encuentro, es mi única opción. No quiero ser mala persona. Y estos comportamientos, todos ellos, me avergüenzan.

*Periodista española.