La agonía de las palabras. Federico Vegas.

Comienzo por recordar, por recitar, por invocar, una frase que me fascinó cuando era niño:

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, llena de gracia y de verdad.

Aunque estaba arrodillado en la capilla de un colegio jesuita, no percibí en las palabras del sacerdote la alegoría religiosa, sino algo que ondulaba entre lo literario y lo sensual. Quizás vislumbraba la unión de los extremos que tanto buscan los de mi oficio, agarrar en el aire esos etéreos verbos como amar, existir o ser, que suelen servir para todo y para nada, y fundirlo con la realidad de una existencia, de una vida, de un amor.

Buscando qué intenta decirnos Juan en su evangelio, encuentro un sitio en Internet llamado Got Question Ministeries, donde te proveen de “respuestas bíblicamente aplicables y oportunas a preguntas espirituales”.

Comienzo a leer, con cierto escepticismo, y encuentro una dualidad reveladora. Resulta que en la Biblia, el “verbo”, en este caso un sinónimo de “palabra”, puede tener significados ligeramente diferentes. En el Nuevo Testamento se utilizan dos términos griegos, “rhema” y “logos”. Rhema suele significar “una palabra hablada”. Por ejemplo, cuando el ángel le anuncia a María que será la madre del Hijo de Dios, ella responde:

Hágase conmigo conforme a tu palabra (rhema).

En este caso, María está dando respuesta a un planteamiento concreto. Digamos que es una frase que solo tiene sentido en ese contexto y que depende de la pregunta.

Logos tiene un significado más amplio y exigente. Cuando Lucas nos cuenta en su evangelio que los oyentes de Jesús “se admiraban de su doctrina, porque su palabra [logos] tenía autoridad”, se refiere a un mensaje con principio y final que presenta y unifica un cuerpo de ideas. Son palabras que no responden a un hecho particular, circunstancial, sino que constituyen un planteamiento que nos abre nuevas posibilidades y nos invita a pensar, a seguir buscando.

El Evangelio de Marcos narra el mismo episodio con una ligera variante que conviene explorar: “Se admiraban de sus palabras, porque enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas”.

Los escribas carecen de autoridad porque representan el extremo opuesto del logos. Semejan antenas repetidoras, y esa es la cara de la luna en que estamos cayendo los escritores venezolanos. Nos hemos ido convirtiendo en escribas que reaccionan a los acontecimientos. Los hechos suceden, los anotamos y se los reenviamos maquillados a quienes ya los conocen. Lamentablemente, siempre estamos a la saga ofreciendo atentas reacciones a la continua y destructiva violación del país. Podemos decir, y perdonen el facilismo de la expresión, que andamos por las “rhamas”.

Esta gradual pérdida de autoridad se debe en gran parte a una falta de fe en la posibilidad de incidir. La más grave censura es la autoimpuesta al sentir que no tiene sentido ni consecuencias ofrecer palabras, pues estas nada significan frente al devenir de nuestro cataclismo.

El drama venezolano, que al principio resultaba tan tentador a los escritores, se ha ido tornando abrumador por lo constante y creciente, como si fuera un monstruo capaz de fortalecerse con nuestra verborrea, una suerte de insaciable logófago que se relame en nuestras narices.

El proceso que se ha cebado en la muerte de las palabras ha tenido varias etapas que semejan, más que un cercenamiento, una asfixia ejercida a través de diversos medios y circunstancias.

Desde una estrategia que parece inspirada en la máxima de McLuhan, “the medium is the message”, la censura del régimen se basa en una máxima: “Puedes escribir el mensaje que quieras. Yo decido en que medio puedes hacerlo”. Con este procedimiento el régimen calcula la incidencia o el “rating” de las críticas mientras ofrece un panorama de libertad de prensa, un calculado desahogo que sature y desinfle la opinión pública sin agitarla.

Queda por preguntarse: ¿A través de qué medios nos comunicamos? ¿Cómo determinan nuestros mensajes?
Solemos decir que los niños hoy en día leen y escriben muy poco. Creo que este es un juicio superficial. Puede que tanto los niños como los adultos estemos leyendo demasiado al sumergirnos en las redes e intercambiar información basada en textos cada vez más breves.

El verbo se hace carne en un alud que inunda a los participantes de “rhamas”, pero no de “logos”. Esta situación me recuerda al director de ceremonias de un circo que anunciaba:

—Damas y caballeros, como el hombre bala tiene gripe, aquí les va una andanada de enanos.

Antes el problema era cómo obtener información, ahora es como no ser arrollado por ella. Pensando en esta inundación leo una nota de El País sobre un libro de la escritora mexicana Margo Glantz. Margo tiene 88 años, y el título de su libro cuadra con una vida dedicada a tratar de entender un mundo que termina abrumándola: Y por mirarlo todo, nada veía.

La frase proviene del poema “Primer sueño” de sor Juana Inés de la Cruz. Margo conoce bien la obra de esta poeta y nos explica su personal sintonía con ese sueño que se extiende a lo largo de 957 versos: “Sor Juana sueña que contempla el universo y hay tantas cosas que se agolpan ante su mirada que no sabe discernir. Con esto del Twitter me pasa igual: hay noticias combinadas con banalidades insoportables de leer. Y las seguimos leyendo. Lo espantoso se lee como si también fuera banal”.

Margo se pregunta por qué la gente está perdiendo el sentido del humor y el sentido del ridículo, por qué dan noticias sobre sí mismos que tampoco tienen relevancia alguna, cayendo así en una falta de jerarquización mental, en una trampa, y nos da ejemplos de cómo estas nuevas redes tienen dos caras. Comenzaron siendo herramientas que unían a los hombres frente a los poderosos, como en la Primavera Árabe, y se han ido convirtiendo en plataformas donde el poderoso multiplica, como un virus, su infamia y sus mentiras. No es casual que Trump y Bolsonaro sean los adalides de este nuevo sistema de distorsión.

La imprenta ha promovido lo mejor y lo peor del hombre. Ya nadie recuerda el apocalipsis que algunos anunciaron con la aparición de la radio y la televisión. Con respecto a la ola de redes que ya ha cubierto el planeta, estamos pasando de estar encantados a encandilados.

Lo interesante es que a este régimen le conviene este amontonamiento de superficialidad y saturación malsana. ¿Quién no ha sentido el acoso de mensajes sobre nuestra situación política? La gran mayoría no pasan de ser chistes, en los que se privilegia la anécdota, o chismes, donde el peso está en los personajes, y así se va generando una visión de historias sin protagonistas y de protagonistas sin una verdadera historia.

Una vez le pregunté a Marcelino Madriz qué significaba “alienación”. Me respondió como revelando uno de los grandes secretos del marxismo:

—Alienación es una mezcla de perplejidad y güevonada.

Y así nos quiere el gobierno, perplejos y güevoneados, conformes con lo banal e inmunes a lo espantoso.

No quiero terminar con una frase tan vulgar y tan cierta. Volvamos a las escrituras y a las respuestas bíblicamente aplicables y oportunas a preguntas espirituales. Juan comienza su evangelio diciendo:

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
En las páginas de “Got Question Ministeries” nos explican que para la filosofía griega este verbo, este “logos”, servía de puente entre el Dios trascendental y el universo material. No podemos olvidar esta posibilidad, este mandato sagrado. Los escritores y los lectores nunca podemos perder de vista que la palabra es un principio mediador entre Dios y el mundo.