A vacunarse contra el extremismo. Luis Fuenmayor Toro.*

El intenso enfrentamiento político verbal existente durante dos décadas en Venezuela, a veces acompañado de hechos que han ido más allá y han entrado en el campo de la violencia, con todas sus nefastas consecuencias: persecuciones, exilios, detenciones, maltratos, torturas, heridos, muertos y pérdida de los derechos ciudadanos, ha llevado a la merma de valores fundamentales en toda sociedad y ha enloquecido, de muchas formas, a buena parte de la población. Conceptos como patriotismo, pluralismo, bolivariano, tolerancia, soberanía, revolución, socialismo y democracia, se han resquebrajado y distorsionado y han perdido o alterado su verdadero significado. Otro tanto ha ocurrido con palabras como diálogo, negociación, acuerdo, que se son hoy insolencias inaceptables y condenables.

Hace como 15 años o más, el profesor Arnaldo Esté me hizo señalamientos parecidos y añadió irónicamente que los grupos de izquierda tendrían casi que inventar nuevas palabras, para poder actuar en la política venezolana. Esta observación indica que la cuestión viene prácticamente desde los inicios del gobierno de Chávez, y tuvo en él a su principal promotor. En su necesidad de profundizar la polarización que le llevó al triunfo electoral en 1998, de manera de seguir manteniendo una mayoría confortable que le asegurara seguir en el poder, Chávez le dio su propio significado a palabras y conceptos existentes, para adjudicárselos como virtudes revolucionarias y humanas o para enrostrárselos a quienes se le oponían, como las más pavorosas perversiones que seres humanos o grupos políticos pudieran tener.

El fenómeno ha derivado en una derechización de la política venezolana, que radicalizada pareciera aceptar todo aquello que signifique la terminación de este régimen por cualquier medio, sin importar si sus consecuencias futuras son iguales o peores que lo existente. Pero el extremismo no termina ahí, se trata de erradicar para siempre cualquier esbozo que recuerde de alguna manera las políticas chavecistas. Hay que exterminarlos de la misma forma como debió haber sido hecho con las reminiscencias del pasado adeco copeyano, según afirman los ultraizquierdistas del sector gubernamental. Ninguno de ellos quiere reconciliación nacional, ni pluralismo político, ni salidas electorales, ni nada que signifique la pervivencia del contrario, pues lo menos que desean es una sociedad sin hegemonías.

Algunos extremistas de derecha hoy consideran a Borges, Leopoldo y Capriles, para sólo mencionar tres, más enemigos que Maduro, Diosdado o Jorge Rodríguez. Sus líderes son Marcos Rubio, Uribe, Duque, Bolsonaro y, está por verse, si Trump. Añoran a Pinochet y a Franco y no van más allá simplemente por ignorantes. El Papa Francisco es un depravado castro comunista y quien se haya fotografiado o alguna vez hablado con Gorrín, no porque éste sea corrupto sino por gobiernero, hay que empalarlo en la Plaza Bolívar. Dentro del gobierno existe la contrapartida radical, que encabeza Diosdado y que tiene como exponentes a Mario Silva, la Fosforito y cabeza ´e mango. Dicen que los radicales son el 10 por ciento en el campo opositor y el 4 por ciento en el del gobierno, cifras de las que no puedo dar fe, pero que son extremadamente elevadas.

Si estos son quienes se imponen y van más allá de la simple habladera de pendejadas, cosa que dificulto pues la cobardía es un denominador común en este tipo de seres, vamos hacia una matazón. Como no podemos estar seguros, vale el alerta, así como señalar que sólo las políticas coherentes que impulsen salidas pacíficas, nacionales, constitucionales y electorales, pueden vacunarnos contra esa grave enfermedad. Los comicios del 9 de diciembre son un momento y una forma de comenzar esa necesaria vacunación. Vacúnate contra los extremismos antinacionales el 9 de diciembre próximo. @LFuenmayorToro

*Ex rector de la Universidad Central de Venezuela.