Necesitamos un muro alto con una puerta grande. Thomas L. Friedman.*  The New York Times

LIMA, Perú — Kamala Harris, senadora demócrata de California, provocó hace poco el asombro y la desaprobación de los presentes cuando le preguntó a Ronald Vitiello, a quien el presidente Donald Trump nominó para dirigir el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), si entendía la “percepción” de que el ICE disemina “miedo e intimidación” entre los inmigrantes, tal como el Ku Klux Klan lo hacía entre las personas negras.

Harris eligió con sumo cuidado las palabras que usó en su pregunta sobre la “percepción” del ICE, y la hizo en parte debido a que Vitiello alguna vez tuiteó vergonzosamente que los demócratas eran “el partido neoklanista”. No obstante, dado que Harris podría ser candidata presidencial demócrata en 2020, los medios republicanos se le fueron a la yugular con variaciones de: “Oigan, electores, miren esto: los demócratas creen que los funcionarios del ICE que los protegen a ustedes de los inmigrantes no autorizados son como el KKK. ¿Van a votar por eso?”.

El ICE, en efecto, parece tener una mala percepción, pero no es el KKK. Al mismo tiempo, no creo que el Partido Demócrata esté a favor de las fronteras abiertas sin más ni más. Por desgracia, tampoco estoy seguro de cuál sea exactamente la norma del partido en lo que respecta a la inmigración, y preguntas como la de Harris lo dejan abierto a la satanización.

Dado que algunos republicanos han caído enteramente ante la cobarde explotación que hace Trump de los migrantes como un tema divisorio, el país, como suele pasar, necesita a los demócratas para que sean los adultos y propongan una estrategia realista e integral para enfrentar la migración, que ahora requiere dos partes.

La primera es una forma de pensar sobre la frontera y la segunda es una forma de pensar en todos los problemas que están más allá de la frontera: los que están haciendo que los migrantes se encaminen hacia Estados Unidos. No se puede pensar con seriedad en lo primero sin pensar seriamente en lo segundo, y si no lo hacemos, las escenas de esta semana de los agentes de Aduanas y Protección Fronteriza disparando gas lacrimógeno para mantener a los migrantes desesperados del otro lado de la frontera cerca de Tijuana se pondrán mucho peor.

En relación con la frontera, el lugar correcto de los demócratas es a favor de un muro alto con una puerta grande.

Nacionalmente, a los demócratas no les irá tan bien como podría ser si no les garantizan a los estadounidenses que están comprometidos con el aseguramiento de las fronteras; la gente no puede ingresar así nada más. No obstante, al país no le irá tan bien como podría ser en el siglo XXI salvo que siga comprometido con una política migratoria legal muy generosa —y una vía realista a la ciudadanía para las personas sin papeles que ya están en el país— a fin de atraer a trabajadores de gran energía, no muy capacitados y personas con un elevado coeficiente intelectual dispuestas a tomar riesgos.

Estos migrantes han sido la fuente de energía renovable del sueño americano y nuestra ventaja secreta contra China.

No obstante, pensando más allá de la frontera es como los demócratas realmente pueden distinguirse; ahí es donde Trump ha brillando por su ausencia, con toda imprudencia.

Así es como llegamos a donde estamos hoy: durante los siglos XIX y XX, el mundo pasó de estar gobernado por grandes imperios en muchas regiones a ser gobernado por Estados nación independientes. Además, los cincuenta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial fueron una gran época para ser un pequeño Estado nación débil.

¿Por qué? Porque había dos superpotencias que competían por tu afecto al brindarte asistencia extranjera, comprarte productos baratos y educar a tus estudiantes universitarios; el cambio climático era moderado; las poblaciones todavía estaban bajo control en el mundo subdesarrollado; nadie tenía celulares para organizar con facilidad movimientos en contra de tu gobierno, y China no formaba parte de la Organización Mundial de Comercio (OMC) de tal modo que todos podían estar en las industrias de los textiles y otras más de bajos salarios.

Todo eso cambió a principios del siglo XXI: el mal tiempo extremo provocado por el clima —inundaciones, sequías, calor y frío— y la deforestación a manos del hombre comenzaron a golpear a muchos países, en especial a sus agricultores a pequeña escala. Esto ocurrió justo mientras la población del mundo en desarrollo se disparó. África pasó de 140 millones en 1900 a mil millones de habitantes en 2010, con una proyección de 2500 millones para 2050.

Siria creció de tres millones de habitantes en 1950 a más de veintidós millones hoy, lo cual, aunado a las sequías, afectó por completo sus recursos acuíferos. Guatemala, el país de origen principal de quienes conforman la caravana migrante que se dirige a Estados Unidos, ha sido devastada por la deforestación debido a la tala ilegal, los agricultores que cortan árboles para obtener leña y los narcotraficantes que crean pistas de aterrizaje clandestinas y caminos para el contrabando.

Un mapa satelital que acaban de dar a conocer los investigadores de geografía de la Universidad de Cincinnati demostró que casi un cuarto de la superficie habitable de la tierra cambió entre 1992 y 2015, ya que pasó de bosques a agricultura, de praderas a desiertos y de humedales a concreto urbano.

Mientras tanto, internet ha permitido a los ciudadanos comparar con facilidad la calidad de vida de los que están en París o Phoenix y encontrar a un traficante de personas para que los lleve a esos lugares. Además, China se unió a la OMC, que domina a las industrias de bajos salarios, y el final de la Guerra Fría significaba que ninguna potencia quería tocar a tu país, porque todo lo que se llevaría sería una cuenta por pagar.

Así que ahora es más difícil ser un país pequeño promedio. Los más frágiles padecen el éxodo de sus habitantes, como Guatemala, Honduras, El Salvador, Sudán y casi todas las naciones en África subsahariana. Otros —Venezuela, Siria, Afganistán y Libia— solo se han fracturado.

Juntos, están creando enormes zonas de desorden y muchas personas quieren salir de ellas para ir hacia cualquier zona de orden, en especial Estados Unidos o Europa y desencadenan así respuestas populistas y nacionalistas negativas.

Pero no se trata solo de eso. Estuve en Argentina el mes pasado y ahora estoy en Perú; en ambos países encontré gente preocupada por los flujos de refugiados de Venezuela. Perú ha aceptado a seiscientos mil y está comenzando a haber resentimiento entre las clases socioeconómicas bajas.

La BBC informó en agosto: “Decenas de miles de venezolanos están huyendo de su país en medio de la escasez crónica de alimentos y medicamentos. La larga crisis económica del país ha visto irse a más de dos millones de habitantes desde 2014, lo que ha ocasionado tensiones regionales mientras los países vecinos luchan para albergarlos”.

El artículo agrega: “La ONU, cuya agencia migratoria ha advertido que el continente enfrenta un ‘momento de crisis’ de refugiados similar al que se vio en el Mediterráneo en 2015, está estableciendo un equipo especial para coordinar la respuesta regional. Más de medio millón de venezolanos ha cruzado a Ecuador tan solo este año y más de un millón ha entrado a Colombia en los últimos quince meses”.

Ahora hay más refugiados climáticos, migrantes económicos en busca de trabajo y refugiados políticos únicamente buscando orden que en ningún otro momento desde la Segunda Guerra Mundial: casi 70 millones de personas según el Comité Internacional de Rescate, y hay otros 135 millones que necesitan ayuda humanitaria.

Un candidato presidencial responsable en 2020 necesita una política que administre racionalmente el flujo de migrantes que ingresan a nuestro país y ofrezca una estrategia para ayudar a estabilizar el mundo del desorden mediante la mitigación del cambio climático, la difusión del control natal, la reforestación, la asistencia gubernamental y el apoyo a los agricultores a pequeña escala.

Este es nuestro mayor problema geopolítico de hoy. Olvídense de los “Cuerpos Espaciales”; yo crearía los “Cuerpos de Paz” como nuestro quinto servicio. Deberíamos tener un ejército, una armada, una fuerza aérea, cuerpos de marina y cuerpos de paz para enviar a los estadounidenses a ayudar a estabilizar a los pequeños agricultores y los gobiernos en el mundo del desorden.

Además, este debe ser un proyecto global, en el que colaboren Estados Unidos, Europa, India, Corea, China, Rusia y Japón. De lo contrario, los refugiados del mundo del desorden desafiarán cada vez más al mundo del orden, y pondrán fin a todos los debates racionales sobre migración.

*Periodista y escritor estadounidense.  Ganador del Premio Pulitzer 1983,1988,2002.