El castillo. Manuel Barreto Hernaiz.

 

“De niños jugamos a construir castillos de arena para luego destruirlos y construirlos otra vez. Por desgracia algunos siguen haciéndolo de mayores. Lo terrible es cuando son los que nos gobiernan y se creen con derecho de jugar con la vida de los demás”.

 

Uno de los más controvertidos escritores del pasado siglo, quien nació hace 135 años, legó, además de su difundida obra, el mayor recordatorio de los absurdos, siendo de tal magnitud su alcance, que su apellido originó el término “kafkiano”, que nos permite definir situaciones insólitas, singulares, extravagantes, como las de sus libros.  Ya es un lugar común denominar “kafkiano” al mundo de los trámites administrativos, a la reducción de la existencia humana a un expediente de actas y al despliegue de la burocracia y la corrupción. Tal y como lo que vivimos en nuestro país actualmente.

Franz Kafka quien en su novela El Castillo relata cómo la organización del Estado encontró en la dominación y la falta de claridad y transparencia una sutil manera de eludir sus obligaciones, incluida la más elemental: rendir cuentas, responder ante los gobernados. Esa es precisamente la metáfora de la novela: lo importante es que el castillo siempre esté visible como totalidad pero no como concreción, y que quien tiene el poder y por tanto la responsabilidad individual debe permanecer inaccesible, gracias a las trabas de una organización-barrera; en tanto que al otro lado, quien se acerca a esa organización en busca de respuestas a sus preguntas no va a conseguir más que su propia asfixia, ya que todo lo que sucede allí está envuelto en el manto del anonimato, la burla y la irresponsabilidad. “El Castillo” trata el problema de la impotencia del hombre frente a la perversa farsa, a la dañina, a la complicada, brutal y absurda táctica del omnipotente régimen. Kafka nunca terminó la novela, y aún  se discute si pretendía hacerlo o si lo que quería transmitir al lector era precisamente la absurdidad de lo que nunca termina.

 

El escritor de Praga falleció de tuberculosis a los 41 años. Antes de morir, pidió:  “Considérenme un sueño”. Pero será considerado como una pesadilla, al igual que cuanto estamos transitando en este marasmo interminable donde nos ha conducido este régimen, que tardó  más de una década en construir, con total ineptitud, con ofensas y resentimientos, con impunidad y violencia y despilfarrando miles de millones de dólares y esperanzas, uno de esos complejos castillos de arena que se deshacen por cualquier inesperado ventarrón. Ahora tratan de apuntalar sus bases en los cimientos de la ilegitimidad, profundizando los fosos que le rodean para impedir que se le tome, algo que no será necesario, pues ese castillo se derrumba, pues se pasó 18 años engañando y manipulando, con promesas que se transformaron en mentiras, fomentando la irresponsabilidad y pretendiendo moldear -tal cual régimen totalitario- la mentalidad del pueblo.

 

Este castillo se vendrá abajo porque ya el pueblo, esa ciudadanía sana pero confundida, tal vez ignorante pero no estúpida, ingenua pero no idiota, se cansó de tanta demagogia barata, se desilusionó de las vanas promesas de este régimen arbitrario y mentiroso.  Este castillo caerá por no haber controlado sino propiciado la inflación, la inseguridad, la corrupción, la incompetencia administrativa y ejecutiva, la inocultable tendencia totalitaria desde el poder;  y sobre todo, la degradación moral y pública en toda su estructura.