CARTA ABIERTA A MADURO Y LA POSTERIDAD. Enrique Ochoa Antich *

Nicolás Maduro
Presidente de hecho de Venezuela
Palacio de Miraflores
Ciudad.

Debe ser triste, muy triste, haber ocupado la primera magistratura de la república y saber que se será recordado como el peor presidente de toda nuestra historia (tal vez sólo comparable con aquella nulidad que fue Julián Castro, con la diferencia de que la administración de éste fue brevísima y por tanto sus daños menores, mucho menores que los que usted le ha ocasionado a la nación). Millones, óigase bien, millones de compatriotas han visto mermada su vida hasta niveles cercanos a la indigencia. Se escribe fácil, pero hay que colocarse un rato en los zapatos de esos seres humanos para calibrar el drama al que nos ha conducido una gestión de gobierno ideologizada, inepta y corrupta como la suya. Aunque es evidente que los males de hoy tienen su génesis en lo que me gusta llamar los cinco ismos de Chávez: autoritarismo, centralismo, militarismo, estatismo, y populismo, no es menos cierto que tuvo usted la oportunidad de producir una histórica rectificación (que hoy se le agradecería, como a López Contreras al final se le terminó por agradecer su lenta pero eficaz ruptura con la larga noche gomecista)… pero no lo hizo, pusilánime frente a sus propios extremistas del izquierdismo infantil del que hablara uno de los clásicos del socialismo, como recordará.
Usted y yo compartimos durante más de dos décadas la denuncia y el combate -en la opinión, en la calle, en nuestros barrios- de los males del así llamado puntofijismo. Tal vez nuestra diferencia residía en que yo también valoraba sus rasgos positivos, las grandes conquistas populares, la democracia misma (limitada y restringida pero democracia), y el hecho histórico que alguna vez me reconoció Moleiro: que los primeros tres gobiernos de la democracia, más allá de la mácula que significó en particular para el segundo de ellos la violación masiva y sistemática de los derechos humanos, “entregaron un país en progreso y en orden” (en progreso pero aparente y en desorden también lo entregó Pérez en su primera administración). Pero al final teníamos razón: corrupción, violación de los derechos humanos (masacre del 27F como evento emblemático), deuda pública, pobreza, precariedad de los servicios públicos, y un largo etcétera, caracterizaron en particular al puntofijismo desde 1973 hasta 1998.
No es verdad, como cierta oposición bobalicona acostumbra decir, que éramos felices y no lo sabíamos. No. Si así hubiese sido, no habríamos sido hechizados como pueblo por la demagógica prédica de un aventurero como Hugo Chávez (y me disculpan mis amigos chavistas que sea tan directo). Aquí otra diferencia entre nosotros: usted creyó a pie juntillas en aquella demagogia y yo, por contrario, rompí con el curso natural de la izquierda que conducía a los brazos del autócrata. Fueron los únicos comicios presidenciales en los que me he abstenido. Puedo constatar que era natural que quienes adversábamos la creciente degradación del sistema por aquellos años, procuráramos aprovechar el caudal de votos que la necedad, la torpeza y la inmoralidad de la clase política dominante de entonces había empujado a las arcas electorales de Chávez (por múltiples razones históricas, culturales y hasta antropológicas que no es el caso comentar aquí).
¿Pero quién en su sano juicio puede discutir que todos los males del puntofijismo, superables por cierto dentro de los límites del sistema democrático de entonces, han terminado por ser un juego de niños comparados con las trágicas atrofias que el chavismo-madurismo ha terminado por imponerle a la nación? ¿Acaso no somos menos democráticos hoy, cuando partido y Estado se han convertido en una sola cosa, cuando los Poderes Públicos han perdido de un todo la que ya era antes precaria autonomía, cuando los dineros públicos han sido privatizados por el complejo político/financiero de la clase burocrática chavista-madurista, cuando la Fuerza Armada ha sido ultrajada en su honor al ser trastrocada por una sumisa camarilla militar en obediente instrumento al servicio de una nueva oligarquía dizque socialista (la oligarquía roja)? ¿No se vulneró así, al violentar de modo tan protuberante la Constitución que ustedes mismos se dieron, la propia legitimidad del régimen, ésa que terminó usted de patear cuando tuvo la insana ocurrencia de convocar a una pretendida Asamblea Nacional Constituyente para usurpar todo el poder cual dictador? ¿Hay duda acaso en que la corrupción, hoy pedestre saqueo del tesoro público, se ha potenciado hasta límites que constituyen para los venezolanos una vergüenza planetaria? ¿No es acaso cierto que la vida de los más pobres de esta patria mancillada, si mejoró durante los primeros años de gobierno de Chávez, gracias a una dadivosa e improductiva transferencia directa de capital petrolero, aquí y ahora está más menguada que nunca? ¿No hay más hambre, violencia, más pobreza que antes, más muertes por enfermedades prevenibles? Los servicios públicos, esa democratización eficaz de la riqueza que ellos de suyo son o pueden llegar a ser, ¿no padecen hoy el mayor colapso de toda nuestra historia? ¿No se encuentra nuestra economía postrada como nunca antes, decrecida la industria nacional, sumida la sociedad toda en un delirante proceso hiperinflacionario, incrementada penosamente la deuda pública externa (incluyendo ¡la de PDVSA!, para perplejidad de propios y extraños, luego de los más altos precios petroleros de que se tenga memoria), caída la producción petrolera a mínimos históricos, devastada la producción agrícola y pecuaria? ¿Cuántos planes fallidos se han estrellado ante el rocoso muro de su incompetencia, cuántas autoridades especiales han naufragado en un turbio lodazal de sobornos y cohechos, cuántas inútiles reconversiones más se requieren antes de que usted se dé cuenta de que el problema al final son ustedes, los capitostes del chavismo-madurismo, su trasnochada e ineficiente ideología y la más colosal pérdida de confianza que los distingue? ¿Hasta cuándo, Maduro?
Esto que aquí digo es compartido por buena parte de la claque que le aplaude. A mis amigos chavistas suelo hacerles la siguiente pregunta: si en 1998 ustedes hubiesen tenido en su poder una bola de cristal, y allí se hubiese visto presagiado este porvenir que padecemos hoy, ¿habrían respaldado a Chávez? Suelo encontrar por respuesta un ruidoso silencio. Eso fue lo que me pasó a mí durante aquel último almuerzo que tuve con él, a finales de 1997, cuando me pidió que formara parte de sus planes y yo le respondí que no podía hacerlo porque yo creía en la economía de mercado y él no. Esos amigos chavistas saben que usted y su círculo íntimo están achicharrando en el gobierno lo que queda de su proyecto político y quisieran apostar por la posibilidad, como hicieron los comunistas de Europa oriental casi todos con éxito, de reconvertirse, actualizarse, salir a la calle, irse a las duchas un tiempo (como les pedía Cabrujas a AD y COPEI a finales de los 80), a ver si así, en el fragor de ser oposición, consiguen reconstruir sus sueños, tal vez moderarlos a raíz de la experiencia de haber sido gobierno, para intentar regresar al poder más adelante.
Falta que sus cercanos le digan, como cuentan que Llovera lo hizo con Pérez Jiménez, lo mismo que en realidad le grita a voz en cuello la clamorosa mayoría nacional: ¡Hora de irse, Nicolás! Sé que en la oposición pululan grupetes y sectas extremistas que le proponen un diálogo a partir de que usted mismo vaya y se encierre con los suyos en un calabozo de máxima seguridad en Texas y arroje las llaves al desierto, luego de la invasión de marras. Pero usted sabe que también, inspirados en ejemplos como los de los demócratas chilenos frente a Pinochet, o de los socialistas y comunistas españoles frente al franquismo y el nuevo rey, o el de Mandela aún prisionero frente a sus carceleros racistas del apartheid, o el de los obreros de Solidaridad en Polonia y los 77 de la afamada carta en Checoeslovaquia ante sus regímenes totalitarios comunistas (estos sí totalitarios de veras), hay aquí quienes queremos entablar unas negociaciones que a partir del perdón y de la reconciliación y de modos de justicia transicional, y asegurándoles el porvenir político al que tienen derecho como hijos de esta misma patria, logren una transición pacífica, democrática, electoral, constitucional, civil y nacional (esto es, sin injerencias ni tutelajes extranjeros) que nos permitan acceder como nación a una democracia plena y a niveles de progreso social para todos que es lo que, a fin de cuentas, todos anhelamos. Ojalá este 2019 le permita esclarecer sus entendimientos en vez de ensimismarse en sus propios y repetidos errores, que no sé si se da cuenta pero sólo están destruyendo hasta como conglomerado social a esta Venezuela nuestra tantas veces traicionada.
No debe olvidar que otras fuerzas telúricas menos comprensivas se mueven en la humanidad dolida de la nación. Unas que rechazo con toda mi fuerza venezolanista, mendigantes indignas de una intervención militar de fuerzas extranjeras que ultraje nuestra dignidad de pueblo independiente y civilizado. Otras que bullen en las entrañas de un pueblo pacífico pero altivo que más de una vez ha dado muestras de lo que es capaz cuando pierde la paciencia. Y también están aquéllas que, vista la sorprendente incapacidad de nuestra clase política, tanto en el gobierno como en la oposición, para encontrar caminos de concordia que permitan una resolución pactada de la grave crisis que agobia a la república, pueden sublevarse desde nuestros cuarteles con las armas en la mano contra ambos estamentos, en particular contra sus dos extremismos, y no sin razón. Ojalá el diálogo y la negociación, sobre la base de una disposición de todos a ceder y a reconocer al otro, impidan que lleguemos a estos abismos.
Todavía tiene usted el chance de ser recordado como el presidente que reconoció sus limitaciones, personales y de su proyecto político, y buscó en la alternabilidad republicana la transición democrática que Venezuela le reclama, y no como el político empecinado que sólo por ambición de poder y por la inmerecida ilusión de ser el gran presidente que no es ni será, condujo al país a su devastación casi absoluta. La escogencia es enteramente suya.
Con algo de buena voluntad, según el augurio de Lucas, el evangelista, 2019 puede ser el año en que abramos las puertas al cambio en paz que todos deseamos. Nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, así nos lo reclaman desde el tiempo infinito. Es posible. Los venezolanos podemos. Entonces, que así sea.

  • Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio.