La desidia y el arco iris. Manuel Barreto Hernaiz.

“La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante. Sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar. No todo en la vida es de un color o de otro. Si no, miren sólo el arco iris…”. Paulo Coelho

Cuando intuimos parte de la verdad sobre cuanto acontece en nuestro país, cuando nos percatamos, aunque sea a tientas, de lo que se nos avecina, más que dudas e incertidumbre, nos da miedo. Tenemos al menos la tentación de huir de la realidad, de cerrar los ojos, de buscarnos un paraíso artificial, un mundo imaginario o utópico, para no afrontar la realidad. Siempre hay una ficción, un pasado imaginado o ajeno, una presunta lealtad fosilizada, un adversario real que pretendemos de fantasía, a pesar de que él sí nos tilda claramente de enemigos; una sutileza ideológica, una querella personal, una familia, un negocio, un Morrocoy -cabeza de playa tomada hace ya buen tiempo por la “boliburguesía”-, una finca, cuando no una discoteca, dónde escondernos del deber. Porque abrir los ojos a los problemas reales del país nos obligaría a actuar con realismo ante lo que tenemos por delante.

Así las cosas, la desidia es el vicio más peligroso para los venezolanos que son conscientes de los males del país y son contrarios a ellos. Y la ignorancia de esos males es el vicio más característico de muchos oficialistas de buena fe, que también existen. Tengamos presente que hay gentes muy limitadas de inteligencia pero que saben bien actuar; hay, en cambio, personas inteligentísimas que son estultos en su actuar. No se dan cuenta de que esas ideas no nos valen ni como ideas ni como instrumentos de gestión política. Están pasadas, caducas e históricamente tuvieron su justificación, pero ya no; lo demuestra la realidad de la historia.

Resulta lógico que estimemos el orden y demos la espalda a todo intento de anarquía; sin embargo, esta actitud llevada al extremo puede permitir aceptar la excepción como normalidad. Es decir, pueden terminar no sólo reconociendo la dictadura ante la disyuntiva del caos, sino terminar aceptándola por comodidad como un régimen normal, presentándose la paradoja de desconocer con ello la verdadera esencia democrática.
Nada hay de respetable en quien, conociendo el problema, rehúye la solución.

La desidia en la defensa de un principio es la mejor ayuda en su destrucción. Desidia al fin, porque la consecuencia sería la inacción, el abandono de posiciones, la traición o el abandono a los compañeros de tantas marchas, pitos y banderas. Y así, la desidia de unos reforzaría la ignorancia de otros y la habilidad de quienes impulsan la destrucción por principio.

No se trata de aquello que fue denominado dècadence por Nietzsche, como tampoco de anomia, término aplicado por Durkheim cuando investigaba acerca del suicidio, ni de lo que presentó Freud como neurosis, pues todas estas expresiones significan más o menos lo mismo, a pesar de su origen diferente; se trata de las circunstancias por las que atravesamos los venezolanos, que son la suma de desengaño, frustración, corrupción, incompetencia administrativa, nepotismo, servilismo, populismo, megalomanía, autoritarismo, culto a la personalidad y mediocridad acumulada, cuando los economistas ya advierten que lo más grave no es la escasez, sino la incontrolada hiper inflación; síntomas característicos de una “enfermedad endémica” que han venido prolongando al pasarle por encima, de manera totalitaria a la “mejor Constitución del mundo”, con el complaciente apoyo de ese servil andamiaje que conforma la estructura de este régimen forajido.

Pero ante tanta desidia se vislumbra un alegre arco iris en esos rostros frescos, sinceros y comprometidos; en esos estudiantes que se niegan a que les confisquen el futuro, que les reduzcan los espacios que ellos, por su formación y tenacidad, tendrán reservados en las estructuras de poder, de toma de decisiones y de participación en los asuntos públicos del país; que se niegan a la imposición y reconsideración de la autonomía universitaria. Más temprano que tarde les tocará reconstruir un país mejor, dejando atrás las ruinas y a quienes se aferren a ellas.