Maduro en Guantánamo. Luis Eduardo Gallo.

La cárcel militar de Guantánamo, Cuba, fue abierta por el presidente George Bush hijo tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Luego de la firma de un decreto ejecutivo sobre “Detención, tratamiento y enjuiciamiento de ciertos extranjeros en la guerra contra el terrorismo,” comenzaron a llegar los primeros reclusos a mediados de Enero de 2002. Capturados durante la invasión de Afganistán por tropas de los EE.UU, estos detenidos fueron considerados como “combatientes enemigos ilegales,” una cuestionada categoría jurídica que permitió a Washington detener a estas personas sin cargos y de manera indefinida, fuera del territorio continental de los Estados Unidos y haciendo caso omiso a las propias leyes norteamericanas y a los Convenios de Ginebra de 1949 y sus protocolos adicionales aplicables a los prisioneros de guerra.
Más de 700 detenidos han pasado por la prisión de Guantánamo, que permanece abierta, pese al ofrecimiento de cerrarla que hizo durante su primera campaña electoral Barack Obama, en noviembre del 2008. Organizaciones como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos han condenado la existencia del centro de reclusión y documentado casos de detención de menores de edad y toda clase de violaciones a los derechos humanos en la infame prisión en la que no se permiten visitas ni de familiares ni de abogados. Desde su apertura, en Guantánamo se practica toda clase de torturas. Se han suicidado varios detenidos y la privación de agua, alimentos y luz solar es cosa de rutina. Guantánamo es una verdadera aberración, pero el presidente norteamericano Donald Trump ha manifestado su intención de mantener abierta esta cárcel vergonzosa y aumentar el número de presos, que hoy está alrededor de unos 50 reclusos.
Hace unos días, el Consejero de Seguridad Nacional del presidente Trump, John Bolton, durante una entrevista radial concedida a Hugh Hewitt, dio a entender que Nicolás Maduro podría terminar recluido en Guantánamo si no acepta una rápida transición a la democracia en Venezuela. El gobierno de Trump, que no reconoce a Maduro como presidente y ha reconocido en su lugar al diputado Juan Guaidó, evidencia con semejante declaración su claro desprecio por la legalidad internacional y su apego a doctrinas intervencionistas, que en Latinoamérica se suponía eran cosa del pasado.
Maduro ha sido uno de los peores presidentes que ha tenido Venezuela. Elegido tras la muerte de Hugo Chávez en el año 2013, fue a una cuestionada reelección en Mayo del 2018. Su actual gobierno no es reconocido por Estados Unidos, el grupo de Lima, que integran entre otros, Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Canadá ni por otros países como Marruecos e Israel, que se han sentido agredidos por la política exterior venezolana bajo los gobiernos del “Chavismo.” Pero Maduro es reconocido como presidente por los aliados del ALBA, con Cuba a la cabeza, por importantes potencias mundiales como Rusia, China y Turquía y por buena parte de los integrantes del Movimiento de los No Alineados, que suman casi una centena de países en total.
El gobierno de Nicolás Maduro no tiene respuesta a los graves problemas que enfrenta el país. Rechazado por una clara mayoría de los venezolanos, más del 80% de la población, cercado financieramente por Estados Unidos y claramente distanciado de la Comunidad Europea, que si bien todavía no reconoce al diputado Guaidó como presidente interino, ha expresado su cuestionamiento a la legitimidad de su segundo mandato, Maduro difícilmente podrá sostenerse mucho tiempo en el poder. Para ello tendrá que dictar medidas populistas que terminarán agravando la crisis e incurrir en una feroz represión, aumentando el aislamiento de su gobierno ante la comunidad internacional. O puede seguir alguna de las numerosas opciones que se pueden explorar en procura de una transición pacífica hacia un nuevo gobierno que refleje el sentimiento popular, vale decir, un cambio de gobierno sin violencia y nacido de un proceso electoral. Estamos a tiempo. Yo no quiero ver a Maduro en Guantánamo. No quiero a nadie, ni al más desalmado de los terroristas, recluido en esa infame prisión.
Lo que debe prevalecer es la justicia, no la venganza. El interés de los venezolanos. No el de potencia extranjera alguna. Maduro a lo mejor tendrá que enfrentar un proceso judicial de rendición de cuentas. Junto a muchos de sus allegados. El daño económico hecho al país por los agentes de la corrupción de este y pasados gobiernos es un delito equiparable a los crímenes de lesa humanidad y es por lo tanto imprescriptible. Pero por ahora, es necesario hacer concesiones. Todas las que sean legal y políticamente necesarias para evitar una indeseada intervención extranjera liderada por personajes que no son tan distintos a Maduro en su desprecio por los valores fundamentales de la democracia y que en un mundo ideal bien podrían acompañarlo como codefendidos, no en Guantánamo, pero si ante algún organismo judicial como la Corte Penal Internacional. @LuisEGalloG.